Y mucho. Perdonad el retraso, he empezado a escribir un par de veces, pero no estaba convencido de lo que escribía o no me daba tiempo a terminar… Y no sabéis cuánto me alegro de haber esperado. Os escribo desde la Wonderful Windy Wellington donde, haciendo honor a su nombre, hace un montón de viento. Pero es la primera vez que estoy en un sitio que da la sensación de ser una ciudad, aunque sigue siendo lo suficientemente pequeña como para pasear de un lado a otro en una hora o así. Las cosas con mi anterior compañero de viaje no fueron del todo bien y decidimos terminar nuestro recorrido juntos unos días antes de lo previsto, pero por suerte aun así conseguí encontrar otro sofá donde dormir en la capital: una chica de Rumania que se llama Alina y que (según descubrí después) está haciendo un doctorado en traducción. Qué cosas, ¿eh?
Decidí llegar a su casa caminando, mochila a cuestas, porque según me dijo no estaba demasiado lejos del centro. Después descubrí que tenía razón, pero entre mi sentido de la orientación y las escasas indicaciones, llegué a Tasman Street una hora después y sudando como un animal. Me encontré con una casa de más de 100 años y me abrió la puerta una chica rubia que me acompañó hasta el salón y me dijo que podía dejar la mochila ahí, que ella estaba a punto de irse. Me sentía un poco raro, porque la casa era una pocilga, muchísimos trastos por el medio, y no conocía a nadie (no había nadie), pero al ver un par de ordenadores tirados en el salón y tal, decidí confiar en los kiwis, así que dejé mis trastos (menos todos los papeles importantes y mi mac, que van conmigo a todas partes) y me fui a recorrer la ciudad, que me encantó. En realidad no tiene gran cosa, se ve en 2 o 3 días perfectamente, pero transmite una sensación de… no sé, sigue siendo Nueva Zelanda pero es totalmente distinto a cualquier otro sitio que he visto hasta ahora. Imaginad Madrid, si Madrid molase y fuera del tamaño de Alicante. Pues algo así, una ciudad con encanto a la orilla del mar. Qué coño, supongo que es un poco como Valencia, pero sin flipados. No sé, no se puede explicar, pero me gusta mucho.
Ocho horas después, volví a casa - lo admito, con la preocupación de que la puerta estuviera cerrada y mis cosas hubieran desaparecido - y conocí a todos los compañeros de Alina. Son 8 personas en total, casi todos neozelandeses y desde el primer momento me hicieron sentir como uno más. Como si fuéramos amigos de toda la vida. También tenían otro CouchSurfer, un alemán que llevaba con ellos un par de días ya, y, no sé, mi percepción de la casa cambió completamente en cuestión de 20 minutos. El hecho de que me aprendiese el camino y llegara a la calle principal (Cuba Street) en menos de 15 minutos, ayudó, pero sobre todo fue darme cuenta de que estaba con un grupo de amigos, todos totalmente distintos entre sí, pero de muy buen rollo. Descansé un rato y decidí irme a dar una vuelta por la noche. Y no sé muy bien porqué seguí caminando hasta el final de la calle de los bares; en el momento en que me decidí a dar la vuelta y regresar a casa, sin siquiera tomarme una cerveza por no tomármela solo en la barra de un bar, escuché a dos españolas de pura cepa hablando de lo impuntuales que eran. Y una cosa llevó a la otra, me invitaron a irme con ellas y dos amigos suyos franceses que habían conocido el día anterior, y pude echar un vistazo a la vida nocturna en Wellington. Hasta las 2 de la mañana, señoras y señores, ¡casi no me lo creía! Las vallisoletanas (de allí eran) resultaron ser muy simpáticas, y con la camaradería que nos caracteriza incluso me acompañaron un trozo del camino hacia casa. Si llegáis a leer esto, buen viaje de vuelta y muchas gracias.
 |
| Españoles por el mundo |
Me levanté al día siguiente (temprano, porque imaginad una casa con 8 personas la cantidad de gente que pasa por el salón) y, después de un desayuno con mis nuevos amigos, eché de nuevo a andar para aprovechar el sol y hacer todas las cosas turísticas que dice la Lonely Planet que hay que hacer en Wellington: subir al monte Victoria para apreciar las vistas, recorrer el centro histórico, ir a ver los edificios emblemáticos del Parlamento y la Colmena y el resto del día lo pasé en el museo Te Papa, que me entretuvo durante 5 horas pero podrían haber sido 50. De camino a casa compré los ingredientes para hacer la tortilla de rigor y esa noche estaba demasiado cansado para salir. Pero aun así estuvo muy bien la noche, todos ellos se quedaron en casa y yo puse la tortilla, otro puso el vino y otro cantidades ingentes de marihuana, y quieras que no fue una noche divertida. Aunque me invitaron a quedarme una noche más con ellos, ayer estaba esperando la llegada de Julie, la canadiense que trabajó con nosotros en la granja y, por primera vez desde que empezase mi aventura en solitario, nos fuimos a un hostal en el centro de la movida. De hecho, os escribo con la resaca del día anterior, con la cartera bastante más vacía que ayer y sin ganas de moverme de la cama, lo que significa que fue una buena noche. Nos juntamos un grupo de 15 personas o así y, aunque la fiesta terminó a las 2 de la mañana, como habíamos empezado a las 19.00, la verdad es que ya tuve bastante. Hoy es mi último día en la Isla Norte, porque mañana cojo el ferry de vuelta hacia abajo y pasaré las tres semanas que me quedan (al menos con este visado) intentando ver la costa oeste, a ver si puedo llegar al glaciar Franz Josef antes de volver a Christchurch (la ciudad de los terremotos) a coger el avión hacia Australia. Me canso solo de pensarlo.
 |
| Las vistas desde el caserón |
 |
| Escalando el monte Victoria |
 |
| Las vistas desde arriba |
 |
| Wellington |
Pero me voy de la Isla Norte contento, con la sensación de haber visto prácticamente todo lo que quería ver. El viaje por Coromandel fue una de las cosas más bonitas que he visto nunca, y Max resultó ser un tío genial y espero que volvamos a cruzarnos en algún momento en nuestros viajes. Después del plato de mejillones, que si no me equivoco es donde me despedí la última vez, continuamos haciendo rutas para conocer la zona, aunque mucho más cortas cuando la lluvia nos daba un descanso y podíamos salir a explorar. Al tercer día volvió a salir el sol y aprovechamos para seguir la carretera de gravilla que sube hasta el Extremo Norte de Coromandel. Solíamos llegar a los sitios de noche, y no era hasta la mañana siguiente cuando me despertaba y me daba cuenta de los lugares donde estaba; sin lugar a dudas, las vistas y el aire fresco compensaban el repugnante café instantáneo y me ayudaban a ser persona de buena mañana.
 |
| Un atardecer cualquiera |
 |
| Así se desayuna mejor |
Siguiendo los consejos de Max, ya al descender por el oeste llegamos a la Playa del Nuevo Colega (New Chums Beach). Aparcamos lo más cerca posible y nos encontramos con este cartel:
 |
| ¡Llegar allí es la mitad de la experiencia! |
30 minutos después, la encontramos. Una pasada. Por algo está considerada una de las 10 mejores playas del mundo. Además, había una nube que decidió pasar de largo y, con el sol brillando, pudimos pasar una tarde playera de relax.
Después decidimos permitirnos el lujo de dormir en un camping de nuevo para poder ducharnos, y terminamos conociendo a una pareja china-australiana con la que hicimos bastantes buenas migas, tanto es así que si tengo suerte puede que me quede en su casa en Sidney cuando ponga pies en Australia.
El último día de viaje llegamos al sitio turístico por excelencia de Coromandel: Hot Water Beach (la playa del agua caliente). Resulta que, dos horas después de la marea baja puedes coger una pala y cavar tu propia piscina natural, el agua sale hirviendo. Como estaba lloviendo un poco, en primer lugar no había nadie, lo cual es de agradecer porque en las fotos salen 70 personas peleándose por encontrar un hueco, ya que el trozo donde se puede excavar no es muy grande, y además el fresquete hacía el agua caliente todavía más apetecible. Una pasada, la verdad. Y, cuando la marea subió y nos destruyó el jacuzzi, continuamos hasta Cathedral Cove (la cueva catedral), una cueva que da paso a una playa paradisíaca.
 |
| Cavando |
 |
| Cathedral Cove |
La verdad es que el último día no tuvimos tanta suerte con el tiempo, y empezó a llover la última noche y no paró hasta dos días después, así que no pudimos hacer la ruta para subir a The Pinnacles, pero sí encontramos otra que nos hacía pasar por una antigua mina de oro. Y no iba a ser yo el que se echara para atrás, por mucho que la idea de adentrarme en una mina lúgubre y llena de quién sabe qué cosas no me hiciera demasiada gracia. Pero, en general, mi primera experiencia en viajar con un desconocido fue muy positiva. Me despedí de Max al día siguiente en Paeroa, donde Cody me volvió a recoger en el mismo punto en el que me había dejado una semana antes. El plan era (o eso creía yo), atravesar la Isla de Norte a Sur, para llegar juntos hasta Wellington, haciendo un alto en el camino para hacer el Tongariro National Park (Mordor). Pero qué va. Primera parada: Taupo, y las Cascadas Huka.
 |
| A ver quién es el valiente |
 |
| Nosotros |
 |
| Cascadas Huka |

Después continuamos hasta Turangi, para hacer el Tongariro. El Tongariro Alpine Crossing es una caminata de 20 kms y unas 8 horas de duración estimadas, y está considerada la mejor caminata de un día del país (y con razón). Pudimos ver un cráter activo (de hecho hace tan solo 2 años de la última erupción), lagos de increíbles colores, cascadas, un manantial, y una vegetación de lo más variada. Habríamos podido ver mucho más si no hubiera empezado una tormenta de nieve cuando estábamos subiendo, pero eso no nos echó atrás y aunque yo no llevaba ni guantes ni gorro ni nada e llevábamos unas zapatillas de deporte normales, teníamos el coche al final así que no había más huevos que seguir adelante. Pero, eh, ni el tío ese de Cuatro en sus desafíos extremos. Para haberme visto. Es, sin duda, la cosa más extrema que he hecho en mi vida, y la satisfacción que produce llegar al final, no tiene precio. Hice un par de vídeos para que os pudierais hacer una idea de cómo era la cosa, aunque se quedan cortos.


 |
| ¿Estás preparado para continuar? |



Estuvimos en casa de una amiga de una amiga de la madre de Cody un par de días, antes y después del Tongariro Alpine Crossing, una suerte. Y, de ahí y todavía con agujetas, Cody pensó que sería bonito ir a la parte este de la Isla Norte y fuimos a hacer camping un par de días al Cabo Kidnappers. Pude ver casi toda la parte este, y de ahí seguimos bajando hasta Levin, un pueblecito a una hora y media de Wellington donde viven sus abuelos. Y él se quedó allí. Yo no tenía prisa en venir hacia aquí y habría podido esperar a que él tuviera que venir a la capi para alguna entrevista o algo, pero empezamos a discutir por cualquier tontería y a picarnos el uno al otro y la cosa se había hecho demasiado insoportable. Aunque sigo manteniendo que es un buen tío y me alegro de haber hecho este viaje con él, somos o demasiado distintos o demasiado parecidos. Algo falla ahí y es una de esas personas con las que no paro de discutir (si sois una de esas personas, sabréis a qué me refiero). Pero bueno, vimos muchas cosas chulas como el lugar con el nombre más largo del mundo. Así que, hace ya cuatro días, me deshice de todavía más cosas (que espero recuperar cuando vuelva por aquí en primavera) y me vine a la gran ciudad.

 |
| La costa este |
 |
| Cabo Kidnappers |
 |
| El nombre más largo del mundo |
Aunque me he dejado Auckland y Northlands porque me gustaría hacerlo cuando haga mejor tiempo y espero poder volver en primavera, aparte de eso y un par de sitios en la costa oeste, creo que la Isla Norte la he visto entera. O casi. Para hacerme una idea. Y, sin duda, me quedo con Wellington. Si tuviera que vivir en algún sitio, sería aquí. Por supuesto el tiempo y las experiencias que vivas en un sitio te cambian la perspectiva de la ciudad, pero esta transmite una energía positiva y está tan viva pero a la vez es tan pequeña y tan manejable que… podría quedarme aquí una buena temporada. Pero no, the show must go on. Así que mañana, a la 1.30, cogeré el ferry a la Isla Sur y ya he encontrado otro couch para quedarme un par de días. Y, a partir de ahí, mi unplanned plan es llegar hasta el glaciar de Franz Josef, pero quién sabe dónde terminaré.
Se os echa de menos.
Un abrazo desde el futuro,
L.