martes, 25 de junio de 2013

Ch-ch-ch-ch-ch-ch-Changes

Aunque pensaba quedarme un año, las cosas cambian, y dentro de dos horas me voy de Nueva Zelanda para continuar la aventura en Australia. Y, aparte de porque me he tenido que levantar a las 3 de la mañana, estoy contento. Como os he ido contando hasta ahora, la experiencia no podría haber sido más positiva, he visto y he vivido muchas cosas, y me voy con la sensación de conocer el país. Aunque a lo largo del trayecto me he tenido que ir dejando cosas, porque hay que ir adaptándose a las cosas como vienen y me ha tocado hacerlo así, pero en mi plan también está volver en primavera, para poder hacer las partes que me faltan con buen tiempo (como Auckland y la península, volver a hacer el Tongariro o el parque nacional de Abel Tasman). Pero con tantos planes, uno nunca sabe cómo van a ir las cosas y dónde va a terminar. Porque Asia es muy grande y yo me muevo por ofertas, y si llego muy arriba (a ver a B. en Shanghai o a D. en Tokio), no sé si volveré por aquí abajo por mucho que me apetezca, o si me iré directamente a Dubai (sí, ¡descuida que voy a pasar por ahí a verte!).

Con lo que me gustan a mí las listas, los planes y las cosas bien organizadas, y ahora solo puedo planear con dos días de antelación como quien dice. De momento, esta noche y mañana voy a dormir en el centro de Sidney (por lo visto) a 5 minutos de Darling Harbor, en el sofá de una chica (por primera vez), y el viernes me cambio de sofá y de zona, pero todavía no sé ni dónde. Sigo buscando compañeros de viaje, pero tengo unas cuantas "reuniones" estos días con gente que tiene ideas parecidas a las mías (recorrer la Costa Este hasta Cairns), aunque la mayoría quiere salir en torno al 10 de julio (¡felicidades, primo!) y no sé si tendré sofá tanto tiempo. Aunque ir a un hostal siempre es una opción. Aunque Sidney es muy caro. La verdad es que no sé si me acostumbraré a esta incertidumbre constante, por mucho que por una parte sea emocionante.

Como dice la canción, "son las 5 en la mañana y yo no he dormido nada", pero porque he salido de casa de Nona a las 3.30 y llevo ya una hora por aquí. Y otra que me queda. Estos días en Christchurch han estado bien, tener una habitación para mí solo (aunque con un colchón en el suelo), poder usar el coche para moverme por la ciudad y no tener que preocuparme por la seguridad durante unos días, la verdad es que ha sido de agradecer. Aunque lo único que hice fuera de lo normal fue ir a Hanmer Springs, a unas piscinas naturales al aire libre en un pueblo de montaña. Eso sí, con la nieve de los últimos días, el sitio era espectacular, y estar en las piscinas de agua caliente estando a 2 grados, no tiene precio. Hubiera sido más divertido estar con alguien, porque estaba rodeado de parejas y familias con niños pequeños, pero fue un día entretenido.






Aparte de eso, comida casera - aunque Nona no es muy cocinillas - y ambiente familiar. Por fin salió el sol después de una semana de lluvia y nieve y las cosas se ven de otra manera.

Dunedin estuvo muy bien, Vanessa se portó muy bien, y después de acogerme en su casa me llevó hasta Timaru, donde vive con sus padres, y aunque el tiempo no nos acompañó en ningún momento, me llevó a hacer turismo desde el coche y fuimos lo más cerca del Monte Cook que pudimos, porque las carreteras estaban cortadas. Ale, otra cosa más que añadir a la lista de cosas que ver en primavera. Pero sus padres fueron muy simpáticos e incluso el padre me encontró un camión que me llevó gratis hasta Christchurch, un alivio teniendo en cuenta que no dejó de llover a cántaros en ningún momento. Mentira, a veces nevaba que daba gusto. Así que llegué a Christchurch, estuve una noche en el hostal hasta que conseguí hablar con Nona (mamacita) y al día siguiente me volví a su casa, donde he estado hasta ahora. Eso es básicamente todo. 

Aprovecho para decir que he recibido muchas críticas por el comentario del tabaco en la entrada anterior. Tenéis razón, soy débil. Pero igual que empecé, lo he vuelto a dejar. Igual después de tanto tiempo me convierto en uno de esos modernos que fuma de vez en cuando y no se engancha. 'Fumador social', que le llaman. De momento, vuelvo a no tener tabaco, vuelvo a no fumar y lo llevo bien. Lo gracioso es que el tabaco que fumábamos se llama 'Freedom' (Libertad), ironías de la vida.

No tengo demasiado que contar porque tampoco ha pasado tanto tiempo, así que hoy, para variar, seré breve. Muchas gracias a mis patrocinadores por sus generosos donativos y, repito, se agradece cualquier ayuda a la causa, que la cosa está muy mal. Si tenéis Paypal, simplemente necesitáis mi dirección de correo electrónico (l_catala@hotmail.com). Si no, hasta que encuentre otra forma sin comisiones, podéis hacer clic en el botón de abajo:



Un abrazo a todos (por última vez) desde Nueva Zelanda.

L.

PD: Hola, Juanito.

domingo, 16 de junio de 2013

West Coast is the best coast


La Isla Sur me está tratando bien. Me bajé del ferry en Picton lloviendo y con algo más de frío que cuando salí de Wellington, pero tuve suerte y llegué a casa de Jeff, un policía que me acogió durante un par de noches, acompañado de un alemán diferente cada una de ellas. El primer día me llevó a Blenheim, un pueblecito pequeño famoso por el vino, y de repente salió el sol. Aunque mi idea era recorrerme todos los viñedos haciendo las catas gratis, me tuve que conformar con pasear a lo largo del río durante un par de horas y hacer tiempo hasta que Jeff saliera del trabajo para volver a Picton. Al día siguiente, pensaba hacer una ruta de 12 kms por el estrecho de Marlborough (la Queen Charlotte Track), pero seguía lloviendo y me conformé con llegar hasta la punta norte (The Snout) y observar los fiordos desde lejos. Por suerte, no empezó a llover fuerte hasta que no estaba volviendo, así que no me mojé demasiado. Y, al tercer día, decidí arriesgarme y empezar a moverme haciendo autoestop, que todo el mundo me había dicho que en este país es muy seguro. Y CON RAZÓN. No llevaba ni 20 minutos esperando cuando me recogió un ejecutivo que me llevó hasta Nelson, donde también tenía dos anfitriones (los dos de nombre Dan) que me acogieron en su casa. El tío resultó ser un Testigo de Jehová, así que el precio a pagar fueron 100 kms de conversaciones sobre la moralidad y la Biblia, y la rectitud del camino que seguimos y el autocontrol. Pero fue muy interesante, y como sabía que no lo iba a volver a ver en mi vida, no tuve reparos en preguntarle cosas con total sinceridad y al final terminó siendo una conversación de lo más interesante. 

Blenheim

Blenheim - el río y poco más
De ruta hasta la punta norte


The Snout
Las vistas de Marlborough Sounds
Me levanté en Nelson en casa de Dan1 y con un sol de impresión, y me fui a hacer una ruta que lleva al Centro de Nueva Zelanda. Nelson es un sitio precioso en la Costa Norte, así que encontré muchas cosas que hacer y se me pasó el día volando aunque sin parar de andar. Estaba esperando a que el segundo Dan me recogiera para ir a su casa, que estaba en un barrio residencial, cuando llegó mi querida Visconti, con su nuevo compañero de viaje, Mick. Dan2 resultó ser un tío de puta madre que nos llevó de cervezas y casi no nos dejó pagar nada, y terminó siendo una noche corta pero muy divertida. Además, decidí aprovechar a Roger (su furgoneta) para llegar hasta Westport y empezar a recorrer la Costa Oeste, aunque tuve que saltarme el Parque Nacional de Abel Tasman y la Golden Bay, pero, eh, un viaje gratis es un viaje gratis, y además se preveía lluvia para los dos próximos días y ya tuve bastante con el temporal en Tongariro (aka Mordor).

Nelson
The Centre of New Zealand
Los jardines de la Reina en Nelson
Roger se portó muy bien y llegamos a Westport sobre las 15.00. Mick resultó ser un tío muy majo (aunque Vale siempre suele tener buen gusto para elegir amistades) y yo me alegré mucho de poder volver a pasar un par de días juntos y despedirnos durante unos meses. Lástima que Westport resultara ser uno de los sitios más feos que he visto hasta ahora. Entre la lluvia, y la ciudad que no tenía encanto ninguno, hice la colada, que era algo urgente, y me compré una botella de vino pensando que me ayudaría a socializar, pero acabé bebiéndomela entera y seguí estando solo, pero eso sí, más contento. También pude verle la cara a mi familia, que hacía mucho tiempo ya, así que fue una parada necesaria. Y me levanté al día siguiente y conocí a May, una chica de Malasia que iba en la misma dirección que yo, y decidimos hacer autoestop los dos juntos. Esta vez nos costó tres viajes cortos (y me costó mi bufanda roja, que se quedó en una furgoneta de unos chicos brasileños) pero al final llegamos a Punakaiki (también llamadas las Pancake Rocks), un sitio espectacular. Además, como el mar estaba embravecido, el efecto tanto visual como sonoro era mucho más impresionante. Las olas rompen contra las rocas, y con la marea alta, salen impulsadas con fuerza hacia arriba. Lástima que las fotos no hagan justicia, pero todavía no he conseguido colgar vídeos por aquí.

Visco, Mick, yo... y Roger
Viajando ligero con May




Y terminamos el día (siempre a dedo, no creo que vuelva a coger un autobús en este país) en Greymouth, otra perla neozelandesa. Lo único que tiene esta ciudad es una ruta de hora y media para subir a un monte con unas vistas algo destacables y un bonito atardecer en la playa; lo mejor fue el hostal, uno de los mejores en los que he estado hasta ahora (¿internet ilimitado gratis y desayuno incluido? ¿Dónde firmo?). Pero también nos levantamos al día siguiente deseando salir de allí. Aunque hacía sol, también soplaba un viento gélido, y después de 40 minutos nos recogió Marius, un sudafricano pelirrojo del que todavía no me he separado. Imaginad lo cómica que resultaba la situación: ¡Yo, precisamente yo, viajando con una chica asiática y un pelirrojo! Eso sí que es superar barreras, que es de lo que se trata este viaje. La suerte es que Marius tiene un coche pequeño pero una cartera muy grande, y no tiene ni idea de qué hacer en Nueva Zelanda, aparte de pescar, así que cualquier sugerencia le parece bien, y no le importa desviarse del camino o parar para hacer un par de fotos. Con él fuimos hasta Hokitika, nos desviamos hasta la Garganta de Hokitika (impresionante) y también recogimos a un alemán con el que habíamos coincidido en el hostal en Westport, y continuamos hasta el glaciar de Franz Josef. 

Las vistas después de la caminata en Greymouth
Atardecer en Greymouth
Una carretera cualquiera en la Costa Oeste
La Garganta de Hokitika
El turquesa del agua es realmente así
Directamente de los glaciares, mejor que el agua mineral


El glaciar de Franz Josef
De camino hacia el glaciar
Aunque fue un poco decepcionante, hicimos la ruta (4 kms para poder acercarte tan solo a 200 metros) y seguimos hasta el segundo glaciar, el de Fox, donde pasamos la noche para ir al día siguiente. Con el objetivo de ahorrar siempre en mente, decidí ahorrarme una noche de hostal (¿28 dólares por una habitación compartida?) y acampar en la tienda de Vincent, el alemán. Estando tan cerca del glaciar y en pleno invierno, imaginad la noche que pasé, además de estar invadiendo una propiedad privada (y tener que levantarnos a las 6 para que no nos pillaran), dormir en el suelo a -3 grados no es algo que pretenda repetir muy a menudo. Pero, eh, eso que me ahorro, que el viaje es largo y el presupuesto, poco (de la posibilidad de hacer donativos a la causa hablaré más adelante ;)

Por sugerencia de Vincent nos desviamos hasta el lago Matheson, que bien podría ser un espejo, y de ahí seguimos hasta el glaciar, donde de nuevo hicimos la ruta correspondiente para llegar, esta vez a 80 metros. Pensábamos hacer la excursión y caminar sobre el hielo, pero da la casualidad de que está cancelada los próximos 10 días, pero arriesgándonos decidimos saltar la barrera y llegar a tocar el hielo. Tocar un glaciar: check.

El Lago Matheson


El glaciar Fox



Nos despedimos de May y continuamos bajando dirección Wanaka y 30 kms después pasamos por la que, siempre según Lonely Planet, es una de las mejores rutas del país; Vincent decidió acampar ahí para hacerla al día siguiente. And then they were two. Marius y yo seguimos hasta Wanaka, nos instalamos en el hostal y además de todo me deleitó con una suculenta cena sudafricana. Y, aunque yo estaba agotado, fuimos a tomar una cerveza. Solo que una pinta se convirtió en seis y no tuve que sacar la cartera ni una vez. Y tabaco, mucho tabaco. Ahora que lo pienso, igual es de todo eso de lo que mi estómago tardó un par de días a recuperarse, porque la cena fue espectacular (¿en España tenemos Kumara? DELICIOSA). 




La Costa Oeste me ha impresionado. Por la mañana en un glaciar, y parar a comer en el océano, con montañas de casi 3.000 metros de altura y todo básicamente un gran Parque Nacional. Lo mejor es que salió el sol y nos acompañó todo el trayecto, aunque en Wanaka nos levantamos con el cielo totalmente cubierto y muchísimo, muchísimo frío. Wanaka es como Queenstown, ahora es temporada alta y está bastante lleno de gente, aunque es más tranquila, es muy bonita y la ciudad está situada alrededor de un lago homónimo. Ver todas las casitas de madera echando humo por la chimenea me recuerda un poco a Suiza, o a cómo me imagino yo que será Suiza, vaya. Y, después de vuelta a los comienzos, de nuevo pasé por Queenstown. No os voy a engañar, en parte volví por la hamburguesa, pero aproveché para hacer otra de las excursiones que, según dicen, son imprescindibles: Doubtful Sound, uno de los fiordos que conforman el Parque Nacional Fiordland, el más grande de Nueva Zelanda, que es más grande que todos los demás juntos (12.500 km2, casi nada). Desde luego, Queenstown resultó igual de bonita o más que cuando llegamos en marzo (aquí es donde empezó todo, ¿recordáis?). Pero como ya conocía la ciudad, me di un paseo y me encontré con impresionantes vistas alrededor del lago y pensaba acostarme pronto pero acabé bebiendo y jugando a las cartas con dos alemanes y un australiano... pero eso es otra historia. Con los ojos pegados, me levanté a las 6 de la mañana para subir a un autobús durante tres horas y bajar a orillas del lago Manapouri. De ahí, un barco nos llevó al otro lado del lago en 50 minutos, volvimos a subir a otro autobús durante una hora hasta llegar a uno crucero que nos llevó a recorrer los fiordos durante tres horas. No volví a Queenstown hasta 13 horas después, pero fue una de las cosas más impresionantes que he visto hasta ahora y además tuvimos muchísima suerte con el tiempo y, aunque hacía un frío horrible, todo es mucho mejor con sol. Y ese día sí, para rematar el día me permití el lujo de tomarme una hamburguesa de Fergburger, fui a tomarme una cerveza con un grupo que había conocido y a dormir. Con tanta suerte que mis compañeros de habitación me ofrecieron unirme a ellos en su camino a Dunedin al día siguiente.

Wanaka, un pequeño Queenstown
Wanaka

Queenstown: 20 grados menos pero igual de bonito

De camino al fiordo de Doubtful
Le pusieron ese nombre (el fiordo Incierto) cuando James Cook no estaba seguro de si sería capaz de navegarlo de manera segura, o si sería capaz de salir de allí sano y salvo, porque no sabían qué les esperaba en él.






Las fotos se quedan cortas
Oh, Fergburger, I missed you
Llegamos a Dunedin directos y con tiempo de sobra para visitar una colonia de pingüinos (el pingüino de ojos amarillos que por lo visto es exclusivo de NZ) y nos encontramos con nada menos que 7 paseando alegremente por la playa. No puede uno acercarse mucho, pero solo de verlos campando por la playa, pese al frío y la lluvia, ya fui feliz (¿existe un animal más gracioso?). Y la cosa mejoró cuando llegué a casa de Vanessa, una casa de estudiantes desde donde os escribo. En primer lugar porque tienen internet ilimitado, aunque eso es algo que no estoy echando demasiado de menos; pero más que nada porque siempre mola estar en un piso de estudiantes (aunque dos de los 4 sigan de exámenes), y mola más aún ahorrarse el hostal. Y porque nada más llegar anoche fuimos a un bar a ver un partido de rugby (los All Blacks contra Francia -- fuck you gabachos), y me han dicho que puedo quedarme todo lo que quiera, y quizá incluso vayamos a hacer un road trip juntos. Hace muchísimo frío, no para de llover y se anuncia nieve incluso para los próximos días. Me quedan 10 días en Nueva Zelanda y todavía no estoy preparado para el cambio.

Tengo muchos planes en la cabeza, estoy empezando a planear el viaje por Australia (de momento tengo casa gratis en Sidney, que ya es mucho), y me gustaría poder llegar a Asia (donde, quizá, termine en Shanghai una temporada), pero para eso no estaría mal un poco de ayuda. Amigos, familia, random people que no sé muy bien cómo habéis llegado hasta aquí y estáis siguiendo mi blog: let me entertain you. The show must go on. Se agradece cualquier donativo para la causa (da igual el importe). Si os hace falta una excusa dentro de menos de una semana es mi santo, y sería un regalo guay. Si no os hace falta ninguna excusa, simplemente pensad en el karma, y en lo gratificante que es hacer buenos actos sin esperar nada a cambio.

Me han recomendado encarecidamente que no ponga aquí el número de cuenta, pero podéis preguntarle a mi madre y os dará los detalles, o pedírmelos por mail y os los envío en privado. Prometo escribir más, prometo enviar postales, podéis pedir lo que queráis. Y, sobre todo, prometo disfrutar mucho de la experiencia y hacer muchas, muchas fotos. Medio en broma, medio en serio, yo lo digo. Y a ver qué pasa, porque en realidad se nota que bajan los fondos y no me gustaría tener que volver a casa antes de tiempo (bastante putada fue no conseguir el visado y no poder trabajar. Y mis ahorros no son tantos y el mundo es muy grande y…

Bueno, ahí lo dejo. Muchas gracias por todos esos donativos que presiento que van a llegar ;)

Buenas noches para mí, buenos días para vosotros y un abrazo desde el futuro,

L.

Como los traductores de vez en cuando pensamos, me han dado la idea de poner el botón de donar en Paypal. Creí que no iba a ser capaz pero aquí está! Así que, ahora sí, os lo dejo a ver si alguien se anima (muchas gracias, Alemanita!):




¡Muchas gracias!

lunes, 3 de junio de 2013

Las apariencias engañan...


Y mucho. Perdonad el retraso, he empezado a escribir un par de veces, pero no estaba convencido de lo que escribía o no me daba tiempo a terminar… Y no sabéis cuánto me alegro de haber esperado. Os escribo desde la Wonderful Windy Wellington donde, haciendo honor a su nombre, hace un montón de viento. Pero es la primera vez que estoy en un sitio que da la sensación de ser una ciudad, aunque sigue siendo lo suficientemente pequeña como para pasear de un lado a otro en una hora o así. Las cosas con mi anterior compañero de viaje no fueron del todo bien y decidimos terminar nuestro recorrido juntos unos días antes de lo previsto, pero por suerte aun así conseguí encontrar otro sofá donde dormir en la capital: una chica de Rumania que se llama Alina y que (según descubrí después) está haciendo un doctorado en traducción. Qué cosas, ¿eh?

Decidí llegar a su casa caminando, mochila a cuestas, porque según me dijo no estaba demasiado lejos del centro. Después descubrí que tenía razón, pero entre mi sentido de la orientación y las escasas indicaciones, llegué a Tasman Street una hora después y sudando como un animal. Me encontré con una casa de más de 100 años y me abrió la puerta una chica rubia que me acompañó hasta el salón y me dijo que podía dejar la mochila ahí, que ella estaba a punto de irse. Me sentía un poco raro, porque la casa era una pocilga, muchísimos trastos por el medio, y no conocía a nadie (no había nadie), pero al ver un par de ordenadores tirados en el salón y tal, decidí confiar en los kiwis, así que dejé mis trastos (menos todos los papeles importantes y mi mac, que van conmigo a todas partes) y me fui a recorrer la ciudad, que me encantó. En realidad no tiene gran cosa, se ve en 2 o 3 días perfectamente, pero transmite una sensación de… no sé, sigue siendo Nueva Zelanda pero es totalmente distinto a cualquier otro sitio que he visto hasta ahora. Imaginad Madrid, si Madrid molase y fuera del tamaño de Alicante. Pues algo así, una ciudad con encanto a la orilla del mar. Qué coño, supongo que es un poco como Valencia, pero sin flipados. No sé, no se puede explicar, pero me gusta mucho. 

Ocho horas después, volví a casa - lo admito, con la preocupación de que la puerta estuviera cerrada y mis cosas hubieran desaparecido - y conocí a todos los compañeros de Alina. Son 8 personas en total, casi todos neozelandeses y desde el primer momento me hicieron sentir como uno más. Como si fuéramos amigos de toda la vida. También tenían otro CouchSurfer, un alemán que llevaba con ellos un par de días ya, y, no sé, mi percepción de la casa cambió completamente en cuestión de 20 minutos. El hecho de que me aprendiese el camino y llegara a la calle principal (Cuba Street) en menos de 15 minutos, ayudó, pero sobre todo fue darme cuenta de que estaba con un grupo de amigos, todos totalmente distintos entre sí, pero de muy buen rollo. Descansé un rato y decidí irme a dar una vuelta por la noche. Y no sé muy bien porqué seguí caminando hasta el final de la calle de los bares; en el momento en que me decidí a dar la vuelta y regresar a casa, sin siquiera tomarme una cerveza por no tomármela solo en la barra de un bar, escuché a dos españolas de pura cepa hablando de lo impuntuales que eran. Y una cosa llevó a la otra, me invitaron a irme con ellas y dos amigos suyos franceses que habían conocido el día anterior, y pude echar un vistazo a la vida nocturna en Wellington. Hasta las 2 de la mañana, señoras y señores, ¡casi no me lo creía! Las vallisoletanas (de allí eran) resultaron ser muy simpáticas, y con la camaradería que nos caracteriza incluso me acompañaron un trozo del camino hacia casa. Si llegáis a leer esto, buen viaje de vuelta y muchas gracias.

Españoles por el mundo
Me levanté al día siguiente (temprano, porque imaginad una casa con 8 personas la cantidad de gente que pasa por el salón) y, después de un desayuno con mis nuevos amigos, eché de nuevo a andar para aprovechar el sol y hacer todas las cosas turísticas que dice la Lonely Planet que hay que hacer en Wellington: subir al monte Victoria para apreciar las vistas, recorrer el centro histórico, ir a ver los edificios emblemáticos del Parlamento y la Colmena y el resto del día lo pasé en el museo Te Papa, que me entretuvo durante 5 horas pero podrían haber sido 50. De camino a casa compré los ingredientes para hacer la tortilla de rigor y esa noche estaba demasiado cansado para salir. Pero aun así estuvo muy bien la noche, todos ellos se quedaron en casa y yo puse la tortilla, otro puso el vino y otro cantidades ingentes de marihuana, y quieras que no fue una noche divertida. Aunque me invitaron a quedarme una noche más con ellos, ayer estaba esperando la llegada de Julie, la canadiense que trabajó con nosotros en la granja y, por primera vez desde que empezase mi aventura en solitario, nos fuimos a un hostal en el centro de la movida. De hecho, os escribo con la resaca del día anterior, con la cartera bastante más vacía que ayer y sin ganas de moverme de la cama, lo que significa que fue una buena noche. Nos juntamos un grupo de 15 personas o así y, aunque la fiesta terminó a las 2 de la mañana, como habíamos empezado a las 19.00, la verdad es que ya tuve bastante. Hoy es mi último día en la Isla Norte, porque mañana cojo el ferry de vuelta hacia abajo y pasaré las tres semanas que me quedan (al menos con este visado) intentando ver la costa oeste, a ver si puedo llegar al glaciar Franz Josef antes de volver a Christchurch (la ciudad de los terremotos) a coger el avión hacia Australia. Me canso solo de pensarlo.

Las vistas desde el caserón 
Escalando el monte Victoria
Las vistas desde arriba

Wellington
Pero me voy de la Isla Norte contento, con la sensación de haber visto prácticamente todo lo que quería ver. El viaje por Coromandel fue una de las cosas más bonitas que he visto nunca, y Max resultó ser un tío genial y espero que volvamos a cruzarnos en algún momento en nuestros viajes. Después del plato de mejillones, que si no me equivoco es donde me despedí la última vez, continuamos haciendo rutas para conocer la zona, aunque mucho más cortas cuando la lluvia nos daba un descanso y podíamos salir a explorar. Al tercer día volvió a salir el sol y aprovechamos para seguir la carretera de gravilla que sube hasta el Extremo Norte de Coromandel. Solíamos llegar a los sitios de noche, y no era hasta la mañana siguiente cuando me despertaba y me daba cuenta de los lugares donde estaba; sin lugar a dudas, las vistas y el aire fresco compensaban el repugnante café instantáneo y me ayudaban a ser persona de buena mañana. 

Un atardecer cualquiera

Así se desayuna mejor


Siguiendo los consejos de Max, ya al descender por el oeste llegamos a la Playa del Nuevo Colega (New Chums Beach). Aparcamos lo más cerca posible y nos encontramos con este cartel:

¡Llegar allí es la mitad de la experiencia!
30 minutos después, la encontramos. Una pasada. Por algo está considerada una de las 10 mejores playas del mundo. Además, había una nube que decidió pasar de largo y, con el sol brillando, pudimos pasar una tarde playera de relax. 









Después decidimos permitirnos el lujo de dormir en un camping de nuevo para poder ducharnos, y terminamos conociendo a una pareja china-australiana con la que hicimos bastantes buenas migas, tanto es así que si tengo suerte puede que me quede en su casa en Sidney cuando ponga pies en Australia.

El último día de viaje llegamos al sitio turístico por excelencia de Coromandel: Hot Water Beach (la playa del agua caliente). Resulta que, dos horas después de la marea baja puedes coger una pala y cavar tu propia piscina natural, el agua sale hirviendo. Como estaba lloviendo un poco, en primer lugar no había nadie, lo cual es de agradecer porque en las fotos salen 70 personas peleándose por encontrar un hueco, ya que el trozo donde se puede excavar no es muy grande, y además el fresquete hacía el agua caliente todavía más apetecible. Una pasada, la verdad. Y, cuando la marea subió y nos destruyó el jacuzzi, continuamos hasta Cathedral Cove (la cueva catedral), una cueva que da paso a una playa paradisíaca. 

Cavando

Cathedral Cove




La verdad es que el último día no tuvimos tanta suerte con el tiempo, y empezó a llover la última noche y no paró hasta dos días después, así que no pudimos hacer la ruta para subir a The Pinnacles, pero sí encontramos otra que nos hacía pasar por una antigua mina de oro. Y no iba a ser yo el que se echara para atrás, por mucho que la idea de adentrarme en una mina lúgubre y llena de quién sabe qué cosas no me hiciera demasiada gracia. Pero, en general, mi primera experiencia en viajar con un desconocido fue muy positiva. Me despedí de Max al día siguiente en Paeroa, donde Cody me volvió a recoger en el mismo punto en el que me había dejado una semana antes. El plan era (o eso creía yo), atravesar la Isla de Norte a Sur, para llegar juntos hasta Wellington, haciendo un alto en el camino para hacer el Tongariro National Park (Mordor). Pero qué va. Primera parada: Taupo, y las Cascadas Huka.





A ver quién es el valiente

Nosotros


Cascadas Huka



Después continuamos hasta Turangi, para hacer el Tongariro. El Tongariro Alpine Crossing es una caminata de 20 kms y unas 8 horas de duración estimadas, y está considerada la mejor caminata de un día del país (y con razón). Pudimos ver un cráter activo (de hecho hace tan solo 2 años de la última erupción), lagos de increíbles colores, cascadas, un manantial, y una vegetación de lo más variada. Habríamos podido ver mucho más si no hubiera empezado una tormenta de nieve cuando estábamos subiendo, pero eso no nos echó atrás y aunque yo no llevaba ni guantes ni gorro ni nada e llevábamos unas zapatillas de deporte normales, teníamos el coche al final así que no había más huevos que seguir adelante. Pero, eh, ni el tío ese de Cuatro en sus desafíos extremos. Para haberme visto. Es, sin duda, la cosa más extrema que he hecho en mi vida, y la satisfacción que produce llegar al final, no tiene precio. Hice un par de vídeos para que os pudierais hacer una idea de cómo era la cosa, aunque se quedan cortos.



¿Estás preparado para continuar?




Estuvimos en casa de una amiga de una amiga de la madre de Cody un par de días, antes y después del Tongariro Alpine Crossing, una suerte. Y, de ahí y todavía con agujetas, Cody pensó que sería bonito ir a la parte este de la Isla Norte y fuimos a hacer camping un par de días al Cabo Kidnappers. Pude ver casi toda la parte este, y de ahí seguimos bajando hasta Levin, un pueblecito a una hora y media de Wellington donde viven sus abuelos. Y él se quedó allí. Yo no tenía prisa en venir hacia aquí y habría podido esperar a que él tuviera que venir a la capi para alguna entrevista o algo, pero empezamos a discutir por cualquier tontería y a picarnos el uno al otro y la cosa se había hecho demasiado insoportable. Aunque sigo manteniendo que es un buen tío y me alegro de haber hecho este viaje con él, somos o demasiado distintos o demasiado parecidos. Algo falla ahí y es una de esas personas con las que no paro de discutir (si sois una de esas personas, sabréis a qué me refiero). Pero bueno, vimos muchas cosas chulas como el lugar con el nombre más largo del mundo. Así que, hace ya cuatro días, me deshice de todavía más cosas (que espero recuperar cuando vuelva por aquí en primavera) y me vine a la gran ciudad.


La costa este
Cabo Kidnappers

El nombre más largo del mundo



Aunque me he dejado Auckland y Northlands porque me gustaría hacerlo cuando haga mejor tiempo y espero poder volver en primavera, aparte de eso y un par de sitios en la costa oeste, creo que la Isla Norte la he visto entera. O casi. Para hacerme una idea. Y, sin duda, me quedo con Wellington. Si tuviera que vivir en algún sitio, sería aquí. Por supuesto el tiempo y las experiencias que vivas en un sitio te cambian la perspectiva de la ciudad, pero esta transmite una energía positiva y está tan viva pero a la vez es tan pequeña y tan manejable que… podría quedarme aquí una buena temporada. Pero no, the show must go on. Así que mañana, a la 1.30, cogeré el ferry a la Isla Sur y ya he encontrado otro couch para quedarme un par de días. Y, a partir de ahí, mi unplanned plan es llegar hasta el glaciar de Franz Josef, pero quién sabe dónde terminaré. 

Se os echa de menos.

Un abrazo desde el futuro,

L.