viernes, 17 de mayo de 2013

...Y vuelta a empezar


Llevo ya más de 10 días viajando en solitario y la verdad es que hasta el momento he tenido mucha suerte. Empecemos desde el principio. Me despedí de vosotros (y de mi queridísima Visconti) en Christchurch, cuando tomé la decisión (en parte forzada) de venir a la Isla Norte. En el último momento me contestó un tal Victor y me aceptó en su casa (bendito Couchsurfing), incluso se ofreció a recogerme en el aeropuerto de Tauranga, Antes de despegar, me puse en contacto con Max (el alemán con furgoneta con el que estoy viajando por la Península de Coromandel y desde donde os escribo… pero ya llegaremos a eso) y me dijo que tenía 8 días hasta que empezáramos a viajar juntos. Así que ahí estaba yo, por primera vez completamente solo, sin querer gastar dinero, sin nada que hacer ni ninguna idea de dónde iba. Y así me subí al avión, rumbo a lo desconocido.

Víctor resultó ser un filipino de 40 años que es trabajador social en un hospital; un tío raro como pocos pero, eh, me estaba quedando gratis en su casa, así que yo a sonreír y a callar. Por suerte no era el único couchsurfer (es decir, tío-que-estaba-de-gorra-en-su-casa) si no que también estaban Pablo (de Argentina) y Lidka (checa). Su historia es diferente, ellos intentaban encontrar trabajo en las fábricas de kiwis, y la estación de recolecta estaba justo empezando, así que me dijeron que quizá podría trabajar algo bajo manga. Y menos mal que estaban ellos allí, porque Víctor no abre la boca después de las 19.00 (y, teniendo en cuenta que llega de trabajar a las 18.00, el margen de conversación es muy limitado) y ellos resultaron ser bastante simpáticos y podíamos conversar por las noches. Yo, por primera vez, no tenía que hacer planes con nadie, así que el primer día cogí mi guía de viaje y eché a andar, hacia el centro. Al principio tuve mucha suerte con el tiempo y pude recorrer la ciudad bajo el sol, que no es muy grande pero sí es bonita. Decidí caminar a todas partes para gastar lo menos posible y, cuando me entró hambre, me compré una deliciosa hamburguesa hawaiana en el sitio más económico que encontré y me senté a disfrutarla a la orilla del océano. Caminando de vuelta a casa, con la compra a cuestas, tuve la suerte de encontrarme con mis compañeros de casa, que tienen coche, y los acompañé a las fábricas de kiwis a ver si había suerte y encontraban trabajo - y, de paso, a hacer un poco de turismo sobre 4 ruedas. Fue así como vi mi primera plantación de kiwis (¡no sé si sabéis que se parece bastante a una viña!) y, con mi mentalidad española, robé un par.

Sentado a la orilla del océano con mi hamburguesa

Tauranga

Tauranga con Mt. Maunganui de fondo

Mi primera plantación de kiwis

Decidí hacerle una tortilla a Víctor para agradecerle su hospitalidad, aunque su respuesta fue "ESO NI ES TORTILLA NI ES ESPAÑOLA, ES UNA OMELETTE DE TODA LA VIDA" y tuve que hacer grandes esfuerzos para seguir sonriendo y no echarle el aceite hirviendo por la espalda (jaja). Aun así, y puesto que hacer una tortilla es muy barato y viste mucho, decidí que ese sería mi gesto de agradecimiento en todas las casas en que me hospedasen. Esa noche, Lidka y Pablo me dijeron que iban a ir a recoger kiwis al día siguiente y que el encargado les había dicho que yo también podía ir, así que nos fuimos a la cama pronto. Como yo tengo esa suerte, al día siguiente llovía y la recolección se canceló (por alguna razón, no se puede recoger kiwis si está lloviendo). Pero bueno, Lidka nos dijo que si le pagábamos la gasolina podíamos ir de excursión, así que cuando dejó de llover fuimos a subir el Monte Maunganui, una de las 101 cosas que, según Lonely Planet, no puedes dejar de hacer en NZ. Hacía un poco un día de mierda, pero el cielo se despejó cuando estábamos en la cima y la verdad es que las vistas son impresionantes desde allí; me habría gustado verlo en un día completamente despejado, pero qué se le va a hacer.

¡A la cima!

De camino a la cima

Panorámica desde arriba

Y por fin salió el sol



Pasé un día entero sin salir de casa haciendo un encargo de traducción (¡pero que no falte el trabajo, jefe!), y al día siguiente nos volvimos a levantar con la intención de ir a recoger kiwis. Esta vez incluso llegamos a la granja y hablamos con el hombre, pero después del madrugón (que ya me explicarán qué falta hace estar ahí a las 7 de la mañana si el kiwi no se va a mover del sitio), de nuevo empezó a llover. Otro fracaso. Como la checa estaba cansada de depender del tiempo, decidió irse hacia el sur, y yo aproveché su viaje para ir a ver otro de los sitios imprescindibles: Rotorua. Aunque con poco tiempo de antelación, conseguí encontrar otro alojamiento gratuito, Richard, un médico británico que chapurrea español (pero de España) y que, curiosamente, se ha traído a su hermana y a sus padres a vivir al país de los kiwis. La última noche, Víctor sacó el humor de los fines de semana y me dijo que si podía hacer una paella. Sin embargo, empezó a darme instrucciones y no estaba dispuesto a escuchar mis indicaciones (¡ni que fuera un plato de mi tierra!), y el resultado salta a la vista - sabía todavía peor. Incluso se atrevió a decir que lo que se agarraba a la parte de abajo no se podía comer (este tío no ha probado el socarrat en su vida). Pero yo sonrío y asiento, para qué discutir. Un par de cervezas y un rato demasiado largo de karaoke y al final hasta resultó una noche divertida.

Paella Arroz con cosas
Después de un corto viaje en coche atravesando montes de infinidad de colores, llegamos a la increíble casa de Richard, con impresionantes vistas al lago de Rotorua, aunque a 13 kms. de la ciudad. Por suerte, no le importó que la checa se quedara en su casa y aprovechamos su coche para ir a la ciudad a echar un vistazo. Por supuesto, tuvo su propia tortilla, la más grande que he hecho hasta el momento (10 huevos). Un éxito, sobre todo acompañada de la cerveza casera que destila él mismo. La lástima es que él trabajaba, pero nos dejó en manos de su ayudante, un checo que vino para una semana y lleva allí más de cuatro meses y que nos hizo de guía.

La llegada a Rotorua

El lago al atardecer

¡Cerveza casera!

Las vistas desde mi habitación en casa de Richard

Como le dije que no quería pagar para ir a los lugares más turísticos, y nos enseñó un montón de sitios gratis: primero fuimos a una reserva natural para ver un manantial y un lugar que se llama "arenas bailonas" (dancing sand spring); empezamos fuerte para después ir a las piscinas de barro (mudpools?) más grandes de la ciudad -- en la foto no se aprecia, pero están burbujeando constantemente. Y de ahí a una piscina termal natural, donde se junta una corriente de agua hirviendo junto con otra de agua helada y, en el cruce de ambas se está de maravilla. Además, las paredes que la rodean generan un barro blanco que es beneficioso para la piel. Y ahí estábamos, cervecita en mano dándonos un bañito al solete. El paraíso.

La llegada al manantial


Lugar desde donde brota el agua


Burbuja de barro explotando

Piscinas de barro

Y estamos tan a gustito

Piscina natural
Luego cogimos otra vez el coche para volver hacia la ciudad, y de camino paramos en las montañas arcoíris (Rainbow mountains), porque se juntan rocas de distintos colores (rojo, naranja, amarillo) junto con los distintos tonos de verde de los árboles. Y, de ahí, a la ciudad, a ver los jardines del Gobernador, la primera piscina de Nueva Zelanda, que hoy es un restaurante, y la casa museo maorí (aunque no entramos porque costaba 20 dólares, gracias). En total un recorrido exprés por toda la ciudad, aunque me gustaría volver ahí, creo que no se puede pedir más en 24 horas. Es increíble cómo cualquier escondite de la ciudad está echando humo, y hay piscinas termales (de hasta 210º, ojo cuidao') en cualquier sitio.

Raibow mountains

Governor Gardens

Cualquier rincón de Rotorua

Breve pero intenso, después de Rotorua volví a Tauranga para coger otro autobús a la mañana siguiente para ir a Paeroa, lugar de nacimiento de la bebida emblemática de Nueva Zelanda: L&P (Lemon & Paeroa, por la ciudad), donde había encontrado otro sofá donde dormir. Solo que esta vez fue mucho mejor y me encontré con Cody, un chaval más o menos de mi edad que estaba cuidado a los perros de su madre mientras ella se iba de vacaciones. Una lástima que la ciudad no tuviera demasiado que ofrecer (con razón estaba tan contento de tener compañía), pero fue agradable tener un par de días de relax, una cama cómoda con dos perros simpáticos. Además, Cody es muy buen chaval y cogimos el coche para ir de excursión a ciudades próximas - ¡casualidad que las dos fueran bastante feas! jaja. Thames y Hamilton, aunque esta última tiene unos jardines bastante chulos; en cualquier caso, dos ciudades que tacho de mi lista y que puedo marcar en el mapa ;).

Cody's dogs

Lemon 



Y, por fin, llegó el miércoles, y me recogieron en mi nueva casa rodante en Paeroa. Me despedí de Cody con bastante pena (De hecho, seguramente la semana que viene vuelva a viajar con él para hacer el Tongariro Crossing y atravesar andando el parque nacional más importante del país ["el primer parque nacional de Nueva Zelanda, el cuarto del mundo y hoy uno de los tres lugares del país declarados Patrimonio Mundial por la Unesco". Pero, diga lo que diga la Lonely Planet: CHICOS, ¡ME VOY A MORDOR!].

Madze, mi casa sobre ruedas


Desde ahí empezamos hace un par de días un viaje hacia lo más alto de la Península de Coromandel, con una carretera que serpentea entre acantilados que dan al océano a un lado y kilómetros y kilómetros de montañas y frondosos bosques al otro. LEGEN (wait for it) DARY. En nuestro primer día de viaje no habíamos recorrido ni 20 kms. cuando encontramos una ruta de 3 horas que pasaba por unas antiguas minas de oro (incluso entramos en una, pero se nos pasó mirar antes el techo y estaba cubierto de una mezcla entre arañas gigantes y murciélagos y no pudimos salir corriendo más rápido). Como tuvimos suerte con el tiempo y hacía un día de primavera nos animamos a seguirla, y la verdad es que fue una pasada. 

Panorámica from the top

Las vistas desde arriba

A mitad de la ruta

Un paraíso en cualquier sitio

A punto de entrar en la mina


Y, después, todo es cuestión de encontrar un sitio donde dormir. El problema es que como su furgoneta (que, aunque todavía no sé porqué, se llama 'Madze') no tiene "cuarto de baño", no podemos aparcar en cualquier sitio si no hay uno público. Pero como estamos en temporada baja, el primer día dormimos en un sitio a la orilla del mar que fue la hostia (me dio por explorar la zona de noche y podéis ver el resultado), y ayer nos escondimos en una casa abandonada al lado de un cementerio (un mal rollo que flipas, por suerte la caminata me había destrozado y caí rendido enseguida).

Oops

Ahora mismo acabamos de llegar a Ciudad de Coromandel, uno de los últimos sitios donde, según la guía, podemos encontrar WiFi, y solo quedan un par de sitios más arriba donde comprar comida y gasolina. Pero es parte del encanto, el ver cómo se va acabando la civilización (tampoco es eso, que no es que vayan en taparrabos ni nada), y ese sentimiento de aislamiento es sorprendentemente tranquilizador. Esta mañana he desayunado en pijama en un merendero público a la orilla del mar, y creo que me he cruzado con una persona en 4 horas. Sin móvil, sin ordenador,… soy otro yo. Y si ya pudiera ducharme, sería más que feliz (benditas toallitas húmedas, GO Visco).

Aún con lluvia mola


El problema es que viajando así estás constantemente conociendo gente nueva, pero eso también significa que estás constantemente despidiéndote de gente (algunos de ellos muy carismáticos) que no sabes si vas a volver a ver; aunque el dicho alemán que os contaba hace unas semanas lo tengo siempre en la cabeza y, ¿por qué no? Prefiero pensar que volveremos a encontrarnos en algún momento. Así que sí, estoy disfrutando esto de viajar en solitario, y de momento no me está atacando demasiado el bolsillo. Como esta ciudad es pequeña y no hay tantos sitios donde esconderse o encontrar aparcamiento para pasar la noche, hemos decidido permitirnos el lujo de ir a una especie de hostal, donde pagamos 15 dólares por persona y, aunque dormimos en la furgoneta igualmente, podemos utilizar las instalaciones, así que termino este post duchado, limpio y después de (oh, sorpresa) una tortilla. Porque Max es vegetariano y eso me complica las cosas [de hecho, Alaba, si estás leyendo esto, tío, he cenado ENSALADA DE TOMATE, ESPINACAS Y FRUTOS SECOS. You would be proud. Lo que yo te diga, estoy que no me reconozco].

Y de aquí para arriba, para llegar al Extremo Norte de Coromandel en los próximos días (no sé exactamente cuándo, que es en parte lo que más me gusta). Estoy disfrutando esto de viajar en solitario, pero se os echa de menos, para qué nos vamos a engañar.

Un fuerte abrazo para todos,

L.

PD: Para poder colgar este post, he tenido que ir a un café y pedirme un plato de mejillones al vapor que son típicos de aquí: con chili, vino blanco, coco y pan de ajo. Anda que ya os vale ;)


sábado, 4 de mayo de 2013

Ciao, Valentina, è stato bello *wink*

Todavía no he decidido cómo se va a llamar esta entrada, ni tengo muy claro qué quiero escribir, pero hace un par de días cambiaron totalmente mis planes y hoy parece que todo vuelve a encauzarse. Por un camino distinto, eso sí, pero como esto consiste en dejarse llevar, todos los cambios son buenos, aunque en principio no lo parezcan.

Llegó el esperado 30 de abril y yo a las 09:30 ya estaba preparado, con la página de inmigración abierta actualizando cada pocos minutos. Se hicieron las 10:00 e inmediatamente empezamos la solicitud. Siempre me he considerado rápido con el teclado, y sobre todo habiendo respondido previamente a las preguntas (me hice un perfil falso y me hice pasar por italiano); vamos, que debería haber sido fácil. Pero las preguntas eran muchas, o yo muy lento, o hay mucha gente joven en España deseando escampar de allí. El caso es que, a las 10:13, cuando le di a 'Enviar'... ya no quedaban plazas. Así que, antes de seguir, si eres uno de esos 200 que sí que consiguieron la plaza: QUE TE DEN. Como comprenderéis estaba bastante frustrado, aunque yo nunca había tenido demasiada esperanza en conseguirlo, pero aún así, que fuera definitivo me mató un poco. Incluso fuimos a la oficina de inmigración a preguntar, donde me atendieron muy, muy amablemente y me dijeron que no había nada que hacer. C'est la vie.

Al principio no sabía qué hacer, pero una vez agotados los cartuchos, no me quedaba otra que asumir que, después de este cartel, yo en Nueva Zelanda no voy a ser más que un turista.

Si no hablas inglés, básicamente dice que llegué 3 minutos tarde


¿QUÉ SIGNIFICA ESO?

Simplemente que sigo con mi visado de turista y me quedan dos meses hasta que caduque, porque el 27 de junio tengo que salir del país de los kiwis. En esta situación, me planteé varias posibilidades, entre ellas:

a) Seguir haciendo WWOOFing (trabajar a cambio de alojamiento y comida) durante los próximos dos meses en la Isla Sur, para después ir a Australia (cuatro o cinco semanas y poder ver algo de Australia) y volver aquí a seguir por la Isla Norte.

b) Aprovechar las 8 semanas que me quedan para intentar ver las dos islas, para después ir a Australia (cuatro o cinco semanas, porque es un país carísimo en cualquier caso) y después volver aquí si considero que me queda algo por ver.

c) Aprovechar el tiempo que me queda aquí para verlo todo y después comprar un billete de esos para dar la vuelta al mundo (Round-the-world ticket, lo llaman) y FLIPAR EN COLORES.

Así pasé mareadísimo un par de días, y mareando también a todo aquel que pensé que me podría echar un cable (lo siento mucho, K) pero pronto me di cuenta que dar la vuelta al mundo no tenía sentido; en primer lugar porque hay que empezar y terminar el viaje en el mismo país, así que tendría que dar vuelta y media, pero además porque sólo se puede viajar en una dirección y sin volver hacia atrás (WTF Iberia???) y, como estoy justo en la otra parte, solo podría ver América, que además me saldría carísimo, aunque es una excelente idea porque empezaría en Hawaii, que lo tengo a un paso. El problema es que el presupuesto me duraría dos o tres semanas. En fin, que le di muchas vueltas, empecé a poner anuncios en Couchsurfing (porque se trata de poder estirar el presupuesto lo máximo posible) [perdonadme un momento: ---> Mamá, aprieta aquí si no sabes lo que es Couchsurfing], pero con tan poca antelación, el único que me contestó fue un alemán (Max) que tiene una furgoneta y está viajando por la Isla Norte. Encontré un billete relativamente barato, mañana tengo que vaciar parte de mi maleta que, por suerte, Nona me deja dejar aquí y que no tengo que tirar (aunque quizá sea como esa maleta polaca o esa caja húngara y dentro de unos años Nona diga "a ver qué narices hago con esta maleta española" ;).

La verdad es que esta vez hemos tenido suerte. El cambio, una vez más, ha sido bueno, y no veo porqué en adelante no lo sea, pero aun así es una pena. Porque parte de la experiencia era poder compartirlo con Vale, viviendo cada uno su vida y sin la necesidad de estar todo el tiempo juntos, pero estando juntos. Y, aunque espero que consigamos volver a vernos antes de que me vaya (quiero pensar que sí) la voy a echar de menos. Pero bueno ha sido un mes intenso (uno más) y habrá otros, aunque siempre en blanco ;).

Así que, sin demasiada planificación y con menos dinero en la cuenta, el lunes me voy a Tauranga, que está en la Isla Norte por la parte norte a la derecha de la Península de Auckland (yo tampoco lo sabía). De hecho, sigo sin saber nada más que donde está, pero esa es la gracia. En principio el chaval con el que viajo tiene 8 semanas para ir a ver toda la isla, y yo querría verla en 3 o 4, así que seguramente dentro de poco volveré a cambiar de furgoneta, pero por lo menos me ahorro el alojamiento (además de que en la Isla Norte hace menos frío). El único inconveniente es que las otras 3, 4 o 5 semanas, cuando quiera bajar a la Sur de nuevo, hará más frío porque será pleno invierno, por lo que estoy pensando en irme a Australia en junio (antes de que expire el visado) y estar allí un mesecito antes de ir a recorrer Asia (o parte), si mi presupuesto todavía me lo permite (y puesto que allí sería más barato y podría pasar el invierno de aquí siguiendo el verano). Y, si me lo sigue permitiendo, volver a NZ de turista otros tres meses cuando llegue la primavera que, para qué engañarnos, mola mucho más por mucho que esquiar sea una pasada. Lo bueno es que si te lo planteas con una semana o dos de antelación puedes viajar de un lado a otro de la isla por 45 NZD (unos 29€); quizá los backpackers del siglo veintiuno se muevan nos movamos con las compañías low cost (la semana que viene os contaré si se parecen en algo a Ryanair). Es una pena, porque este país es mucho más bonito en carretera, pero la gasolina es realmente cara y así puede ser bastante barato. Se intentará. En cualquier caso, espero que al final de mi estancia mi mapa muestre que he visto muchos lugares, aunque sea a trompicones.

Mi mapa ahora mismo

Parece que otro capítulo se acaba para que empiece uno nuevo. Ahora empieza algo distinto, porque estar totalmente solo es una nueva experiencia, pero seguro que va bien. Justo después de comprarme el billete he encontrado esta foto, y creo que va a ser la regla número 1 de mis viajes en solitario:

"Puedes hacer más amigos en dos meses interesándote por la gente
que en dos años intentando que la gente se interese por ti" - Dale Carnegie.

Una cosa sí que he aprendido en estas dos semanas: no estoy preparado para tener una hija de 11 años. O por lo menos, no una como esta. Eso, y que los niños son muy cabrones, que es algo que ya sospechaba, porque son muy listos (los cabroncetes) y saben aprovecharse de su cara de buenos, sobre todo cuando mami está delante y sabes que con ella te vas a salir con la tuya siempre. (Y eso que, aquí entre nosotros, yo he estado en casas de niños malcriados, pero esta sin duda se lleva la palma). Pero hemos tenido suerte, se han portado muy bien con nosotros y a estos no les voy a tener que mandar un email con mis opiniones cuando me vaya ni nada; aunque sí confío en seguir en contacto con ellos y que no sea solo porque se van a quedar una maleta mía en su garaje.

Nada, de eso se trataba, de poneros al día de los acontecimientos y, de paso, despedirme públicamente de Vale. Pero tú y yo sabemos que habrá más como ésta y volveremos a reírnos de las cazzatas que hemos hecho en el pasado (y, porqué no, en el presente). Y aunque sepa que tu "esto no se lo contamos a nadie" no vaya a durar ni un día. Y aunque te pongas impertinente cada vez que estoy escribiendo insistiendo con que termine. Y aunque nos rompamos a veces las pallas el uno al otro, te quiero. È stato veramente bello. Grazie e a presto.




Ale, ya está, me voy a dormir. Hoy íbamos a salir, pero ya hemos gastado mucho dinero y habíamos quedado con Julie (la canadiense de la granja) que curiosamente estaba en Christchurch, pero nos ha dado plantón porque está enferma. Pero bueno, esta ciudad ya nos la hemos acabado, com aquell que diu, y las partes que están en pie son muy bonitas. El otro día fuimos a los jardines botánicos y hoy nos hemos escapado y hemos ido a ver el muelle. Sacar a los niños de casa a veces ha sido una odisea (me siento mayor al decir esto, pero: "¡ay, esta generación que vive pegada a las maquinitas!") así que hemos hecho lo que hemos podido, pero ha estado realmente bien. Y, esta vez sí, hemos comido como reyes (aunque ni mis croquetas ni mi tortilla - adjunto foto para que mi tío me devuelva la ciudadanía española - ni el tomate del arroz a la cubana - ¿plátano frito? [labio superior levantado] - les hayan gustado a los pequeños kiwis).













Aprovecho para felicitar a mi madre, a mi abuela y a todas las madres (habidas y a punto de), que aquí ya estamos a domingo. Resulta que aquí el Día de la Madre es el segundo domingo de mayo, pero eso es arena de otro POSTal, que estoy preparando uno sobre las (cada vez más) cosas sorprendentes de este país. Bueno, que me lío, muchas felicidades a todas las madres, pero sobre todo a la mía, qué coño.

Un abrazo desde el futuro y buenas noches,

L.