Llevo ya más de 10 días viajando en solitario y la verdad es que hasta el momento he tenido mucha suerte. Empecemos desde el principio. Me despedí de vosotros (y de mi queridísima Visconti) en Christchurch, cuando tomé la decisión (en parte forzada) de venir a la Isla Norte. En el último momento me contestó un tal Victor y me aceptó en su casa (bendito Couchsurfing), incluso se ofreció a recogerme en el aeropuerto de Tauranga, Antes de despegar, me puse en contacto con Max (el alemán con furgoneta con el que estoy viajando por la Península de Coromandel y desde donde os escribo… pero ya llegaremos a eso) y me dijo que tenía 8 días hasta que empezáramos a viajar juntos. Así que ahí estaba yo, por primera vez completamente solo, sin querer gastar dinero, sin nada que hacer ni ninguna idea de dónde iba. Y así me subí al avión, rumbo a lo desconocido.
Víctor resultó ser un filipino de 40 años que es trabajador social en un hospital; un tío raro como pocos pero, eh, me estaba quedando gratis en su casa, así que yo a sonreír y a callar. Por suerte no era el único couchsurfer (es decir, tío-que-estaba-de-gorra-en-su-casa) si no que también estaban Pablo (de Argentina) y Lidka (checa). Su historia es diferente, ellos intentaban encontrar trabajo en las fábricas de kiwis, y la estación de recolecta estaba justo empezando, así que me dijeron que quizá podría trabajar algo bajo manga. Y menos mal que estaban ellos allí, porque Víctor no abre la boca después de las 19.00 (y, teniendo en cuenta que llega de trabajar a las 18.00, el margen de conversación es muy limitado) y ellos resultaron ser bastante simpáticos y podíamos conversar por las noches. Yo, por primera vez, no tenía que hacer planes con nadie, así que el primer día cogí mi guía de viaje y eché a andar, hacia el centro. Al principio tuve mucha suerte con el tiempo y pude recorrer la ciudad bajo el sol, que no es muy grande pero sí es bonita. Decidí caminar a todas partes para gastar lo menos posible y, cuando me entró hambre, me compré una deliciosa hamburguesa hawaiana en el sitio más económico que encontré y me senté a disfrutarla a la orilla del océano. Caminando de vuelta a casa, con la compra a cuestas, tuve la suerte de encontrarme con mis compañeros de casa, que tienen coche, y los acompañé a las fábricas de kiwis a ver si había suerte y encontraban trabajo - y, de paso, a hacer un poco de turismo sobre 4 ruedas. Fue así como vi mi primera plantación de kiwis (¡no sé si sabéis que se parece bastante a una viña!) y, con mi mentalidad española, robé un par.
 |
| Sentado a la orilla del océano con mi hamburguesa |
 |
| Tauranga |
 |
| Tauranga con Mt. Maunganui de fondo |
 |
| Mi primera plantación de kiwis |
Decidí hacerle una tortilla a Víctor para agradecerle su hospitalidad, aunque su respuesta fue "ESO NI ES TORTILLA NI ES ESPAÑOLA, ES UNA OMELETTE DE TODA LA VIDA" y tuve que hacer grandes esfuerzos para seguir sonriendo y no echarle el aceite hirviendo por la espalda (jaja). Aun así, y puesto que hacer una tortilla es muy barato y viste mucho, decidí que ese sería mi gesto de agradecimiento en todas las casas en que me hospedasen. Esa noche, Lidka y Pablo me dijeron que iban a ir a recoger kiwis al día siguiente y que el encargado les había dicho que yo también podía ir, así que nos fuimos a la cama pronto. Como yo tengo esa suerte, al día siguiente llovía y la recolección se canceló (por alguna razón, no se puede recoger kiwis si está lloviendo). Pero bueno, Lidka nos dijo que si le pagábamos la gasolina podíamos ir de excursión, así que cuando dejó de llover fuimos a subir el Monte Maunganui, una de las 101 cosas que, según Lonely Planet, no puedes dejar de hacer en NZ. Hacía un poco un día de mierda, pero el cielo se despejó cuando estábamos en la cima y la verdad es que las vistas son impresionantes desde allí; me habría gustado verlo en un día completamente despejado, pero qué se le va a hacer.
 |
| ¡A la cima! |
 |
| De camino a la cima |
 |
| Panorámica desde arriba |
 |
Y por fin salió el sol
|
Pasé un día entero sin salir de casa haciendo un encargo de traducción (¡pero que no falte el trabajo, jefe!), y al día siguiente nos volvimos a levantar con la intención de ir a recoger kiwis. Esta vez incluso llegamos a la granja y hablamos con el hombre, pero después del madrugón (que ya me explicarán qué falta hace estar ahí a las 7 de la mañana si el kiwi no se va a mover del sitio), de nuevo empezó a llover. Otro fracaso. Como la checa estaba cansada de depender del tiempo, decidió irse hacia el sur, y yo aproveché su viaje para ir a ver otro de los sitios imprescindibles: Rotorua. Aunque con poco tiempo de antelación, conseguí encontrar otro alojamiento gratuito, Richard, un médico británico que chapurrea español (pero de España) y que, curiosamente, se ha traído a su hermana y a sus padres a vivir al país de los kiwis. La última noche, Víctor sacó el humor de los fines de semana y me dijo que si podía hacer una paella. Sin embargo, empezó a darme instrucciones y no estaba dispuesto a escuchar mis indicaciones (¡ni que fuera un plato de mi tierra!), y el resultado salta a la vista - sabía todavía peor. Incluso se atrevió a decir que lo que se agarraba a la parte de abajo no se podía comer (este tío no ha probado el socarrat en su vida). Pero yo sonrío y asiento, para qué discutir. Un par de cervezas y un rato demasiado largo de karaoke y al final hasta resultó una noche divertida.
 |
Paella Arroz con cosas |
Después de un corto viaje en coche atravesando montes de infinidad de colores, llegamos a la increíble casa de Richard, con impresionantes vistas al lago de Rotorua, aunque a 13 kms. de la ciudad. Por suerte, no le importó que la checa se quedara en su casa y aprovechamos su coche para ir a la ciudad a echar un vistazo. Por supuesto, tuvo su propia tortilla, la más grande que he hecho hasta el momento (10 huevos). Un éxito, sobre todo acompañada de la cerveza casera que destila él mismo. La lástima es que él trabajaba, pero nos dejó en manos de su ayudante, un checo que vino para una semana y lleva allí más de cuatro meses y que nos hizo de guía.
 |
| La llegada a Rotorua |
 |
| El lago al atardecer |
 |
| ¡Cerveza casera! |
 |
| Las vistas desde mi habitación en casa de Richard |
Como le dije que no quería pagar para ir a los lugares más turísticos, y nos enseñó un montón de sitios gratis: primero fuimos a una reserva natural para ver un manantial y un lugar que se llama "arenas bailonas" (dancing sand spring); empezamos fuerte para después ir a las piscinas de barro (mudpools?) más grandes de la ciudad -- en la foto no se aprecia, pero están burbujeando constantemente. Y de ahí a una piscina termal natural, donde se junta una corriente de agua hirviendo junto con otra de agua helada y, en el cruce de ambas se está de maravilla. Además, las paredes que la rodean generan un barro blanco que es beneficioso para la piel. Y ahí estábamos, cervecita en mano dándonos un bañito al solete. El paraíso.
 |
| La llegada al manantial |
 |
| Lugar desde donde brota el agua |
 |
| Burbuja de barro explotando |
 |
| Piscinas de barro |
 |
| Y estamos tan a gustito |
 |
| Piscina natural |
Luego cogimos otra vez el coche para volver hacia la ciudad, y de camino paramos en las montañas arcoíris (Rainbow mountains), porque se juntan rocas de distintos colores (rojo, naranja, amarillo) junto con los distintos tonos de verde de los árboles. Y, de ahí, a la ciudad, a ver los jardines del Gobernador, la primera piscina de Nueva Zelanda, que hoy es un restaurante, y la casa museo maorí (aunque no entramos porque costaba 20 dólares, gracias). En total un recorrido exprés por toda la ciudad, aunque me gustaría volver ahí, creo que no se puede pedir más en 24 horas. Es increíble cómo cualquier escondite de la ciudad está echando humo, y hay piscinas termales (de hasta 210º, ojo cuidao') en cualquier sitio.
 |
| Raibow mountains |
 |
| Governor Gardens |
 |
| Cualquier rincón de Rotorua |
Breve pero intenso, después de Rotorua volví a Tauranga para coger otro autobús a la mañana siguiente para ir a Paeroa, lugar de nacimiento de la bebida emblemática de Nueva Zelanda: L&P (Lemon & Paeroa, por la ciudad), donde había encontrado otro sofá donde dormir. Solo que esta vez fue mucho mejor y me encontré con Cody, un chaval más o menos de mi edad que estaba cuidado a los perros de su madre mientras ella se iba de vacaciones. Una lástima que la ciudad no tuviera demasiado que ofrecer (con razón estaba tan contento de tener compañía), pero fue agradable tener un par de días de relax, una cama cómoda con dos perros simpáticos. Además, Cody es muy buen chaval y cogimos el coche para ir de excursión a ciudades próximas - ¡casualidad que las dos fueran bastante feas! jaja. Thames y Hamilton, aunque esta última tiene unos jardines bastante chulos; en cualquier caso, dos ciudades que tacho de mi lista y que puedo marcar en el mapa ;).
 |
| Cody's dogs |
 |
| Lemon |
Y, por fin, llegó el miércoles, y me recogieron en mi nueva casa rodante en Paeroa. Me despedí de Cody con bastante pena (De hecho, seguramente la semana que viene vuelva a viajar con él para hacer el Tongariro Crossing y atravesar andando el parque nacional más importante del país ["el primer parque nacional de Nueva Zelanda, el cuarto del mundo y hoy uno de los tres lugares del país declarados Patrimonio Mundial por la Unesco". Pero, diga lo que diga la Lonely Planet: CHICOS, ¡ME VOY A MORDOR!].
 |
| Madze, mi casa sobre ruedas |
Desde ahí empezamos hace un par de días un viaje hacia lo más alto de la Península de Coromandel, con una carretera que serpentea entre acantilados que dan al océano a un lado y kilómetros y kilómetros de montañas y frondosos bosques al otro. LEGEN (wait for it) DARY. En nuestro primer día de viaje no habíamos recorrido ni 20 kms. cuando encontramos una ruta de 3 horas que pasaba por unas antiguas minas de oro (incluso entramos en una, pero se nos pasó mirar antes el techo y estaba cubierto de una mezcla entre arañas gigantes y murciélagos y no pudimos salir corriendo más rápido). Como tuvimos suerte con el tiempo y hacía un día de primavera nos animamos a seguirla, y la verdad es que fue una pasada.
 |
| Panorámica from the top |
 |
| Las vistas desde arriba |
 |
| A mitad de la ruta |
 |
| Un paraíso en cualquier sitio |
 |
| A punto de entrar en la mina |
Y, después, todo es cuestión de encontrar un sitio donde dormir. El problema es que como su furgoneta (que, aunque todavía no sé porqué, se llama 'Madze') no tiene "cuarto de baño", no podemos aparcar en cualquier sitio si no hay uno público. Pero como estamos en temporada baja, el primer día dormimos en un sitio a la orilla del mar que fue la hostia (me dio por explorar la zona de noche y podéis ver el resultado), y ayer nos escondimos en una casa abandonada al lado de un cementerio (un mal rollo que flipas, por suerte la caminata me había destrozado y caí rendido enseguida).
 |
| Oops |
Ahora mismo acabamos de llegar a Ciudad de Coromandel, uno de los últimos sitios donde, según la guía, podemos encontrar WiFi, y solo quedan un par de sitios más arriba donde comprar comida y gasolina. Pero es parte del encanto, el ver cómo se va acabando la civilización (tampoco es eso, que no es que vayan en taparrabos ni nada), y ese sentimiento de aislamiento es sorprendentemente tranquilizador. Esta mañana he desayunado en pijama en un merendero público a la orilla del mar, y creo que me he cruzado con una persona en 4 horas. Sin móvil, sin ordenador,… soy otro yo. Y si ya pudiera ducharme, sería más que feliz (benditas toallitas húmedas, GO Visco).
 |
| Aún con lluvia mola |
El problema es que viajando así estás constantemente conociendo gente nueva, pero eso también significa que estás constantemente despidiéndote de gente (algunos de ellos muy carismáticos) que no sabes si vas a volver a ver; aunque el dicho alemán que os contaba hace unas semanas lo tengo siempre en la cabeza y, ¿por qué no? Prefiero pensar que volveremos a encontrarnos en algún momento. Así que sí, estoy disfrutando esto de viajar en solitario, y de momento no me está atacando demasiado el bolsillo. Como esta ciudad es pequeña y no hay tantos sitios donde esconderse o encontrar aparcamiento para pasar la noche, hemos decidido permitirnos el lujo de ir a una especie de hostal, donde pagamos 15 dólares por persona y, aunque dormimos en la furgoneta igualmente, podemos utilizar las instalaciones, así que termino este post duchado, limpio y después de (oh, sorpresa) una tortilla. Porque Max es vegetariano y eso me complica las cosas [de hecho, Alaba, si estás leyendo esto, tío, he cenado ENSALADA DE TOMATE, ESPINACAS Y FRUTOS SECOS. You would be proud. Lo que yo te diga, estoy que no me reconozco].
Y de aquí para arriba, para llegar al Extremo Norte de Coromandel en los próximos días (no sé exactamente cuándo, que es en parte lo que más me gusta). Estoy disfrutando esto de viajar en solitario, pero se os echa de menos, para qué nos vamos a engañar.
Un fuerte abrazo para todos,
L.
PD: Para poder colgar este post, he tenido que ir a un café y pedirme un plato de mejillones al vapor que son típicos de aquí: con chili, vino blanco, coco y pan de ajo. Anda que ya os vale ;)
"benditas toallitas húmedas, GO Visco" TOLD YA! Love you bro! <3
ResponderEliminarme encanta tu blog! mucha suerte en tu aventura :)
ResponderEliminarajajajaj amazing cousin :) I'm really happy for you, looks like everything is going great and you are getting to see lots of cool places. Love the pictures too, specially the one where you are swimming, with the mud on your face and smiling like a little kid heehhe Explore as much as you can and wherever you go remember to always write a story about it, even if you have to buy "mejillones" to get wifi ;)
ResponderEliminarLove you cousin
P.S.: By the way, how I met your mother's season finale aired a couple days ago :) I was really disappointed ajajj you get to see Ted's future wife, the one with the yellow umbrella; it was about time, 7 seasons later aajajaj