domingo, 28 de abril de 2013

Todo queda en familia

¡Fin de semana! Lo que significa dos días libres, sin niños para hacer lo que nos apetezca. Aunque, para qué mentir, este trabajo es un chollo. Como os comenté el segundo día, solo tenemos que acompañar a los niños a hacer lo que ellos quieran, solo que estos niños no tienen ganas de hacer nada ni nos proponen ir a ningún sitio. Así que somos nosotros los que aprovechamos sus vacaciones (y el coche) para conocer algo de los alrededores y de paso aprovechamos el buen tiempo que estamos teniendo desde el día después de llegar. Esta semana hemos ido a tres playas distintas y hemos paseado por el centro. Aquí en la casa, con los niños, hemos visto varias pelis, jugado a la consola y aguantado una fiesta de pijamas con 5 niñas de 11 años llorando y viendo Titanic ("ohmygodohmygodohmygodheissocute!", que pasan los años pero hay cosas que no cambian). Ya estamos aquí como en casa, aunque la madre tiene ese puntito del norte de Europa que no sabes si es que le caes mal o simplemente que son fríos por naturaleza. No, pero no nos podemos quejar en absoluto porque son muy simpáticos, y están muy contentos con nosotros. De hecho, nos acaba de decir que nos podemos quedar el tiempo que necesitemos (incluso después de que ellos se vayan, que se van a hacer un viaje por Europa el día 9), aunque esta ciudad en dos semanas nos la habremos acabado, creo.

Incluso el jueves, que era festivo, nos invitaron a irnos de excursión con ellos. Todo empezó el día de la fiesta de pijamas. El niño, muy listo él, se fue a pasar la noche a casa de un amigo y la madre (más lista aún), llegó a casa con dos botellas de vino, seis cervezas y una amiga (que traía más vino). Nos invitaron a una copita de vino (de esas de medio litro) y llamaron a otra amiga. Y ahí estaba yo, con tres cincuentonas (y Vale, que no bebía) y venga a beber vino y venga a contarnos cosas mientras escuchábamos de fondo las risitas de las niñas que, cómo no, se grababan en vídeo. Fue así como nos enteramos de que, en realidad, el misterio del padre no era tan misterioso, sencillamente al parecer falleció hace 4 años y, el uno por el otro, nadie nos lo había comentado. También nos contaron sus viajes por Europa, sus experiencias (buenas y malas) con anteriores babysitters (desde conducción temeraria a fiestas ¿secretas? con alcohol y los niños en casa o dejarlos solos durante horas y recorrer cientos de kilómetros con el coche y después decir "he ido a la tienda de la esquina"; hay gente que simplemente no da para más).

Lo más impactante fue cuando empezaron a contarnos sus experiencias y las de sus conocidos con los terremotos. Por lo visto, ha habido gente que directamente se ha ido de Christchurch porque no podía superar el miedo a que hubiera otro. El problema es que hubo un terremoto de 7,1 en septiembre de 2010, que causó muchos daños materiales pero por suerte no falleció nadie. Pensaban que ya había pasado todo y a los pocos meses (febrero de 2011) hubo otro de 6,3 que tuvo lugar en hora punta, y en este sí que murieron más de 150 personas, se derrumbaron varios edificios y los escombros de la catedral cayeron en las calles llenas de tráfico, aplastando coches y autobuses. Se tranquilizó la cosa, pensaban que después de dos terremotos tan fuertes y tan seguidos no volvería a pasar nada más y en junio de 2011 hubo dos más; después todavía hubo otro en diciembre de 2011. Así que llegó un momento en que había gente que no podía dormir tranquila. Nona (mamasita) dice que ella durante dos años no se atrevía a aparcar en parkings cerrados, siempre al exterior. Por eso la ciudad está como está, y se nota que la ciudad está traumatizada, y el tema del terremoto está presente en casi cualquier conversación, también porque la mayoría sigue discutiendo con las compañías de seguros.

Después de los terremotos, han sacado una plataforma que se llama Gap Filler que, aunque suene a película porno se trata de una iniciativa por la que intentan llenar todos los espacios donde había edificios. Por ejemplo, este Pallet Pavillion es un pabellón multiusos hecho con palés (¿palets?) al que fuimos de día y había un mercadillo vintage y por la noche había música en directo. Un sitio de esos que lo mismo te vale para un roto que para un descosido:

Pallet Pavilion


El caso es que, aparte de todo este drama, se les ocurrió que, siendo festivo al día siguiente, estaría bien hacer algo divertido con los niños. Y nada, al día siguiente cogimos los coches y nos fuimos a Rapaki, una pasada de bahía que está a los pies de una montaña. Una de las madres llevó el paddleboard (que es como una tabla de surf más larga sobre la que, estando de pie, utilizas un remo para desplazarte) y, cuando Nona, como buena finlandesa, se metió a nadar en el océano, yo no podía ser menos y fui detrás. Una vez ya mojado, me fui a dar una vuelta con el paddleboard, disfrutando del mar y la montaña, que no los había visto nunca tan cerca. 






Con un par
Vale y yo en Rapaki
Yo, ganándome a la chiquilla

Al día siguiente (viernes), vuelta a la normalidad. Los niños, entre la ajetreada noche anterior y el cansancio de la playa, durmieron hasta casi las 11 y no tenían ganas de hacer nada en absoluto (por mucho que lo intentamos). Cada uno tenía un amigo en casa y, como yo sé lo que es eso de tener un día perro, aprovechamos para seguir buscando nuestro siguiente destino, que a día de hoy aún no está claro.

Y por fin sábado. Como una de las amigas de Nona nos ha prestado un par de bicis y aprovechando que seguía haciendo sol, las cogimos y nos dimos a dar una vuelta por el centro, para ver con nuestros propios ojos qué impresión da la ciudad. Y la verdad es que está traumatizada, pero se ve que todo el mundo tiene una mentalidad bastante optimista al respecto y eso también se nota. Me gustó mucho la historia de un backpacker que, viendo lo destrozada que estaba la ciudad, se cogió un ukelele y se fue a recorrer el mundo haciendo fotos de gente que mandaba muchos ánimos para la ciudad y ha conseguido reunir más de 1000.

Con la buena suerte que nos caracteriza, se nos pinchó una de las ruedas de una de las bicis y tuvimos que hacer la mitad del camino empujándola, pero aparte de eso bien. Y, más tarde, decidimos salir a tomar unas cervezas para celebrar que se cumple un mes desde que aterrizamos por estas tierras. No sin antes pasar por la "peluquería" para hacerme un apaño (que ya hacía más de un mes) y acabar rapándome la cabeza con la maquinilla de la barba. Medida larga, eso sí. Entre los sitios que están cerrados o que han desaparecido, la vida nocturna de Christchurch deja bastante que desear, pero aún así encontramos un par de sitios que tenían bastante gente, nos tomamos unas cuantas pintas y nos volvimos a casa paseando. En algún momento del camino me debí agachar para reírme y perdí mi sombrero gris, pero tuvo una gran noche de despedida, así que todo lo que sea hacer sitio en la maleta, bien está.


Actitud positiva: Smile for Christchurch
Una silla blanca por cada una de las víctimas
La zona cero
RED ZONE
Por si las moscas, así están las cúpulas de la mayoría de edificios

El río que atraviesa el centro de la ciudad
Por último, hoy domingo hemos ido al paintball, porque el niño había organizado una partida con sus amigos y, aunque no trabajamos, los hemos llevado. En principio porque íbamos a jugar nosotros también, pero haciendo cuentas tenemos que empezar a recortar gastos innecesarios, así que hemos decidido evitar esos 50NZD, aunque la verdad es que el sitio se veía impresionante y los niños han disfrutado como enanos.


Y ahora, amigos míos, os dejo, que acaba de llegar la comida india y me esperan para cenar. Mi domingo está acabando y vosotros aún no os habréis levantado de la cama. Qué movida la diferencia horaria.

Un abrazo general,

L.


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